El ser humano es social por naturaleza. La relación con los otros existe desde el momento de la concepción, ya con la madre. A lo largo de la vida se viven experiencias que dejan las huellas que dirigirán, conscientemente o inconscientemente, esta dimensión de nuestra persona.

El núcleo familiar, en que crecemos, nos aporta la base que nos permitirá salir al mundo con un equipaje emocional que nos impulsará a convivir de una determinada manera. En muchas ocasiones, estos fundamentos permiten establecer unas relaciones equilibradas y satisfactorias que ayudan a disfrutar de la vida. Se aprende a reconocer las necesidades afectivas, a buscar la forma adecuada de satisfacerlas, en armonía con el entorno, a desarrollarse como persona integrada y capaz de vivir en equilibrio las facetas humanas (afectividad, intelectualidad, salud, trabajo, grupos sociales…).

Pero no siempre es así. A veces las vivencias, y las interpretaciones que de ellas se hacen, nos llevan a una deriva que dificulta, o incluso impide que, las relaciones sean gratificantes.

Cuando se piensa en una relación de pareja, probablemente se tiene una idea, una fantasía de cómo gustaría que fuera. Habitualmente se intentan conjugar dos aspectos: el racional y el emocional. En función del talante de cada cual, se dará más relevancia a los unos o a los otros. Cuando se está en disposición de buscar pareja, se intenta seleccionar, de manera más o menos activa según cada cual, aquella persona que se acerca más al deseo, alguien con quién poder llevar a cabo aquel proyecto imaginario. Un proyecto que organiza y prioriza las prioridades, las creencias, los valores, en términos generales: cómo queremos vivir la vida en pareja.

Un elemento que de ninguna forma se controla en todo el proceso de pareja es el enamoramiento. Se ha hablado extensamente sobre el tema, pero en definitiva acaba siendo una emoción incontrolada que empuja hacia una persona. Si aparece, podria pensarse que la racionalidad no ha lugar y esto puede hacer que obviamos aspectos importantes del proyecto, si no acontece, carece un ingrediente necesario para consolidar la pareja. Que no aparezca inicialmente tampoco es señal que no pueda ir emergiendo lentamente. En el enamoramiento se enfatizan unos aspectos y otros se ignoran, hay que mantener un contacto con la realidad para no acabar teniendo una imagen de la pareja demasiado distorsionada, demasiado a la medida de cada cual.

Establecer una relación de pareja puede implicar todo nuestro ser y este es el motivo por el cual es tan trascendente. Cuando se va desarrollando una relación fundamentada en la honestidad, rápidamente se pone en solfa el proyecto individual que irá tomando una forma compartida y aparecerán los conflictos, inherentes al ser humano. La clave de la pareja será encontrar la manera de gestionar estos conflictos buscando la compatibilidad y la complementariedad, no forzando o negociando cambios que tarde o temprano se harán insostenibles.

Es cierto que muchas veces se pueden compatibilizar muchos aspectos, pero también es cierto que, a veces, algunos de ellos importantes lo hacen imposible y la rotura es inevitable. Esto puede dejar en una situación emocional frágil, lleno de dudas, hacia aquel proyecto, hacia la capacidad de elegir la persona adecuada y con poca esperanza de encontrar un buen compañero de viaje.

La relación siempre es cosa de dos y por lo tanto es bueno y necesario que después de una ruptura se haga un análisis de las causas que nos han llevado al final. Se debe revisar la coherencia del proyecto y de las actitudes. A menudo somos poco conscientes que queremos una cosa pero no obramos en consecuencia y generamos contradicciones.

En cada relación, corta o larga, podemos aprender algo de nosotros mismos que hasta entonces desconocíamos y esto permite dar un paso adelante para llegar a cumplir nuestro deseo, un deseo que también madura y evoluciona en función de las experiencias.

Ir descubriéndose en la complejidad, en la interrelación que se establece entre las facetas de cada miembro de la pareja, hace que cada una sea única e irrepetible.

Por el contrario, cuando no se puede procesar bien la experiencia, puede convertirse en una impronta que dificultará próximas relaciones. A veces, abocados a repetir inexorablemente los mismos patrones, a veces buscando el polo opuesto al que se ha tenido.

Estamos viviendo un momento histórico que nos permite, con plena normalidad, muchos tipos de pareja. Esto facilita que las personas puedan establecer diferentes tipos de vínculos, unos más completos, otros más parciales. Tenemos la posibilidad de ajustar a nuestra medida la pareja que podemos tener, sin quedar encorsetados en un modelo que no es el nuestro.

Hay gente afortunada que no necesita muchas experiencias para encontrar su pareja, y en cambio otros necesitan un largo peregrinaje hasta conseguirla. Sea de una forma o de otra, cuando una persona toma la opción de vida en pareja, merece la pena mantener la esperanza que aquello es posible y que sólo es cuestión de tiempo y crecimiento personal para disfrutarla.

Cuando una relación acaba conviene darse un tiempo para hacer el proceso necesario que permite aprender de aquello se ha vivido, y después, si es el deseo, encontrar fuerza y energia para estar disponible para aquello que la vida nos regale.

Marga Pérez i Herms

Psicóloga y Psicoterapeuta

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Categorías: Relación pareja

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