La adolescencia es la etapa de la vida en la que nos soltamos un poco de la mano de los padres y damos pasos por nosotros mismos. Este camino no lo realizamos en solitario, los amigos toman una relevancia esencial. En ellos buscamos: el confort, la energía, la diversión, el refugio, la complicidad…
Los padres quedan en un segundo plano; sigue siendo necesaria su presencia, su afecto, los límites, y por encima de todo, la esperanza de que todo irá be. 
Es la época en que todo se vive intensamente, quizás de manera extrema. Pasamos de la alegría a la rabia en un santiamén. Vivimos en una montaña rusa emocional nada fácil, ni para nosotros mismos ni para nuestro entorno.
En momentos de cambio, como este, parece que el aburrimiento se impone. Lo que antes nos divertía ahora ya no nos divierte, tenemos que encontrar nuevas actividades que nos hagan disfrutar de nuestro tiempo libre. Actualmente las redes sociales llenan gran parte de estos vacíos, y de ahí las horas que les dedicamos, pero suerte de aquellos momentos más creativos (música, pintura, pulseras, artesania, poemas…) que nos hacen ver nuestro potencial. Suerte de algunas tardes animadas haciendo un poco el loco por ahí. 
Necesitamos redecorar nuestro espacio, los juguetes de niñez van desapareciendo, los colores van cambiando, y entre la ropa revuelta y los trastos vamos poniendo nuestra nueva estética. Nos sentimos diferentes, el cuerpo se va transformando, van apareciendo cambios por dentro y por fuera.
En las relaciones que hacemos, los amigos son “amigos por siempre jamás”, ya no nos imaginamos la vida sin ellos. En contrapartida, los que no forman parte del círculo no despiertan el más mínimo interés. Este es un aspecto más donde se muestra la radicalidad en que vivimos la vida.
Las chicas buscamos, en las amigas, conversaciones profundas y de complicidad. Nos lo explicamos casi todo, y ciertamente a veces hacemos vínculos que son para siempre. Pero cuando se trata de los chicos que nos gustan, pasamos momentos difíciles. Nos sentimos rivales y las envidias son difíciles de contener, esto hace que en algún momento la amistad tambalee. Las más decididas parece que “acaparen” a todos los chicos deseables, convirtiéndose en el punto de mira, en cambio las más tímidas sufren, se sienten ignoradas. Con el esfuerzo, cada una irá encontrando su lugar, pasaremos por instantes de confusión y tristeza; momentos en que necesitaremos que alguien nos escuche, momentos en que quizás no hacen falta consejos, tan sólo un buen abrazo y una mano amiga.
Los chicos, en cambio, acostumbramos a compartir aficiones, deportes, algunas inquietudes, pero somos algo más celosos de nuestra intimidad, a pesar de esto podemos ser amigos sinceros.
Las relaciones entre chicos y chicas son más complejas. Hacer compatible estilos diferentes es un rompecabezas. Aprender a convivir con la diferencia – “masculino” y “femenino” – es un reto. Necesitamos tener una actitud abierta por ambas partes para no quedar atrapados en la incomprensión del otro sexo, en el desprecio, pero nos resulta difícil. Podremos llegar a ser muy complementarios y compatibles, si nos lo cogemos con ganas, en definitiva buenos compañeros de vida. Todavía nos queda un largo camino.
A los adolescentes, nos cuesta mostrarnos sinceros, nuestras inseguridades nos traicionan, como si no fuéramos capaces de decir lo que queremos, lo que sabemos. Con el tiempo aprendemos que la mentira, las verdades a medias, los líos… nos hacen sufrir mucho más que la verdad. 
Lo que nos hace sentir be, es saber que nuestros amigos nos quieren tal como somos, desde el corazón. No será fácil tener este grupo que nos acompañará, creemos que si lo buscamos seguro que lo encontraremos, pero a veces las fuerzas se tambalean y nos asustamos.
La familia, observadora del proceso, disfruta y sufre nuestra transformación. Hay momentos que parecen muy lejos y otros momentos que los sentimos al lado. Nos resulta difícil decir las cosas sin enfrentarnos y los padres quieren seguir manteniendo su autoridad que tanto nos molesta. Siempre quieren saber qué haremos, con quién vamos, donde vamos, cuando volveremos, y esto nos hace rabiar, tenemos ganas de ir libres, de improvisar, de vivir el momento y parece que no lo entienden. Ellos nos quieren cuidar y nosotros ya queremos ir solos. Lo más importante es que a pesar de todas las dificultades, ellos estan ahí, nos hacen de red cuando caemos y así podemos seguir avanzando. ¿Quien no ha tenido una larga conversación una noche de tristeza con el padre o la madre? 
Pasaremos estos años intensos, con ganas de ser mayores, de hacer nuestra vida, de tomar nuestras decisiones, pero no los pasaremos sólos, los pasaremos rodeados de nuestros amigos, ellos nos harán este camino más ligero. También nos enfadaremos y reconciliaremos tantas veces como haga falta, porque también estamos aprendiendo a ser buenos compañeros sin la mediación de los padres.
De mayores, probablemente, recordaremos esta época de la vida con ambivalencia. Nos vendrán recuerdos divertidos, aventuras geniales, las primeras salidas con la pandilla, pero también días de soledad y aburrimiento, experiencias tristes, broncas con los padres. En definitiva aparecerá la misma ambivalencia con la que ahora estamos viviendo.
Y si algún día somos padres nos irá be recordarlo para poder hacer bien nuestra tarea en aquel momento. Seguramente será entonces cuando entenderemos que la convivencia con los adolescentes no es nada fácil, ahora el que sentimos es que los padres “no se enteran de nada”.

Marga Pérez i Herms
Psicóloga y Psicoterapeuta

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